viernes, 4 de noviembre de 2016

DE LA IGLESIA PRIMITIVA A LA RELIGIÓN DEL ANTICRISTO



“Hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la Ley; y serán entregados en su mano hasta tiempo, tiempos, y medio tiempo.”


La Biblia, Daniel 7:25


Un Desprestigiado Cristianismo

¿Quién que se haya imbuido de la Historia Oficial no recuerda con horror la época del Oscurantismo en la Europa Medieval durante casi mil años, al degenerar el cristianismo primitivo -a partir de la constantinización de la Iglesia en el siglo IV- en un poder religioso y político casi absoluto, implacable perseguidor de las creencias distintas, autor de las Cruzadas y de las intrigas, torturas y hogueras del Tribunal del Santo Oficio, con sus millones de “herejes” asesinados, así como de las Bulas y las Indulgencias que permitían el “perdón de Dios” a los fieles a cambio de dinero para financiar la construcción de basílicas y catedrales,… y para sostener la pompa de quienes se atribuían la representación del humilde carpintero de Nazaret?

¿Cómo conciliar el mensaje y ejemplo de amor al prójimo de Jesús con el antisemitismo irracional de los países “cristianos”, tanto católicos como protestantes, quienes culpando a toda una raza por la muerte del Hijo de Dios en la cruz (olvidando que tanto Jesús como sus apóstoles, así como la primera comunidad cristiana en Jerusalén, fueron todos judíos, y por lo tanto a ellos debían su fe), desencadenaron edictos, persecuciones, destierros, confinamientos, matanzas y genocidios contra ellos desde la época de Constantino, el primer emperador romano “convertido” al cristianismo, quien bajo la presión de las iglesias cristianas de entonces comenzó a dictar leyes discriminatorias contra ellos?

El antisemitismo fue en aumento desde la Edad Media hasta el Renacimiento en todas las naciones europeas cristianas, donde las comunidades judías fueron perseguidas tenazmente por pobladas fanáticas y resentidas por sus éxitos económicos, por los Cruzados, por la Inquisición, por los Protestantes (no podemos excluir aquí al reformador Martín Lutero quien, también marcado por la influencia antisemita de su época, instigaba duras acciones en contra de ellos), antisemitismo que, aunque mitigado en parte por los postulados de igualdad de la Revolución Francesa, culminó dramáticamente con el Holocausto Nazi durante la Segunda Guerra Mundial,... en el que se afirma fueron exterminados seis millones de judíos.


¿Cómo explicar la desmedida ambición de aquellas naciones autodenominadas "cristianas" que destruyeron culturas completas en la recién descubierta América, llenando de vergüenza a las personas reflexivas hasta el día de hoy? ¿Cómo explicar la esclavitud y el racismo de las que hicieron gala posteriormente? ¿Cómo entender los absurdos enfrentamientos religioso-políticos entre católicos y protestantes a partir de la Reforma, pasando por la brutalidad de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) en la que se vieron envueltos y murieron miles de franceses, suecos, españoles, austríacos y alemanes, culminando en las “cristianas” islas británicas con lo acontecido en Belfast durante la última mitad del siglo XX?

Por otro lado, ¿acaso la Revolución Francesa, la Revolución Bolchevique, y las incontables revoluciones armadas en América Latina, con todo el horror de las constantes acciones terroristas tanto por parte de los insurgentes como por parte de la Monarquía o el Estado, no se gestaron dentro de la “cristiandad oficial” gatilladas por la acción de poderosos (llámense naciones o grupos gobernantes) que oprimían a los más débiles producto de egoístas intereses económicos, así como por afiebrados ideales políticos, gestados también en el seno de ellas? ¿Y las dos últimas guerras mundiales, así como las guerras posteriores en Corea, Vietnam, Yugoslavia, Afganistán, Irak, Siria (y pronto probablemente Irán), por nombrar las principales, con sus secuelas de millones de muertos, destrucción y miseria, no las fomentaron, comenzaron y/o fueron protagonistas, naciones “cristianas” declaradas como tales en sus propias Constituciones, cuyas destructivas armas han sido bendecidas por fervorosos capellanes?


¿No es en la principal nación protestante del mundo donde se confía más en el poder de las armas que en el de Dios, rindiéndose tal culto a ellas que su posesión y uso está garantizada constitucionalmente, producto de lo cual solo en el año 2015 fallecieron más de quince mil personas dentro de su propio territorio por causa de gente inexperta, o definitivamente desequilibrada? Ello sin contar las armas de todo tipo que exporta hacia naciones en conflicto para asegurar un negocio millonario a costa del horror, el caos, la miseria y la muerte de los seres humanos que Jesús vino a rescatar.

¿Es que acaso a eso se refería el fundador de la fe cristiana cuando dijo que no venía a traer paz, sino espada a la Tierra? ¡Qué manera de quedar desprestigiado el Cristianismo! Y eso que falta mencionar los cismas y las incontables divisiones en su seno que demuestran que ha fallado en el mandato de su Maestro de “ser Uno”, producto de lo cual cada una de las principales corrientes católicas, la romana y la ortodoxa, y las cientos de denominaciones y sectas distintas del mundo protestante, se arrogan la posesión de la Verdad.

Tan sólo del breve recuento anterior se puede apreciar cuánta razón tuvo el gran Mahatma Gandhi al decir: “Amo a Cristo, pero desprecio a los cristianos porque no viven como Cristo vivió”.

Pero, ¿qué fue lo que ocurrió con el Cristianismo? ¿Por qué? ¿En qué podría terminar? ¿Logrará unirse finalmente? ¿A quién servirá? ¿Habrá una Iglesia reconocible como tal por su Maestro... cuando regrese a buscarla?

Recomendándoles esta vez que se abrochen más fuerte el cinturón de seguridad, por el riesgo de salir disparados de sus asientos… los invito a entrar en materia.

Evangelium

La muerte expiatoria del Mesías en la cruz romana y su vuelta triunfante a la vida sellaron la suerte de las entidades rebeldes y su líder, al dejarlos totalmente desenmascarados en sus propósitos ante los seres no caídos del Universo, abriendo también la puerta del rescate hacia la inmortalidad a los seres humanos fieles al Creador.

Lo primero, porque el Mesías logró con su vida terrenal demostrar que era posible para cada persona vivir en armonía con la Ley Moral, aún en un mundo caído, pudiendo el Universo entero comparar la diferencia abismal entre la vida pura de Jesús y el malicioso accionar de sus adversarios, terrestres y no terrestres.

Lo segundo, porque con la muerte expiatoria del Mesías, y su resurrección, los seres humanos quedaban por fin libres de la obligación hasta ese entonces ineludible, de pagar con la muerte total y eterna la transgresión de la Ley Moral del Universo, a condición que aceptaran individualmente el sacrificio mesiánico y retomaran a través de Él la armonía espiritual con ella, con lo que quedaba establecida la condición, y el procedimiento, para recuperar la inmortalidad con la cual fueron creados al principio.

La Misión de la Iglesia Primitiva

Pero era necesario aún difundir esta “buena noticia” a toda la Humanidad, presente y futura, y permitir mediante el ejemplo de vida de los seres humanos leales al Mesías, que se presentaran en forma clara y contundente al expectante Universo las nefastas consecuencias del accionar de los rebeldes, dando lugar así a un examen o juicio definitivo de todas las acciones humanas y las de las entidades rebeldes a fin de dictar y ejecutar, con plena justicia, las sentencias correspondientes, unas para la vida sin fin y otras para la completa aniquilación.



Esta era, en esencia, la elevada misión de la Iglesia fundada por Jesús, difundida por sus apóstoles y organizada institucional y doctrinalmente años más tarde por Pablo el apóstol durante sus extensas peregrinaciones dentro de los dominios del Imperio Romano. Con la proclamación y divulgación por todo el mundo del evangelio cristiano se comienza entonces a preparar la última etapa de la lucha ideológica entre las fuerzas de la luz y de la oscuridad en la que, querámoslo o no, está involucrada toda la Humanidad.

Las Grandes Persecuciones del Imperio Romano

Como bien lo revela la Historia, por varios siglos el ya decadente Imperio Romano, y el poder religioso-temporal que le siguió, persiguieron encarnizadamente a los auténticos discípulos del Mesías.

En efecto, en el periodo que va del año 64 hasta el 310 d.C., el Cristianismo fue cruel y tenazmente perseguido por los emperadores romanos que veían en él una fuerza poderosa y sobrehumana que podía hacer tambalear los cimientos paganos del Imperio. 


Conocidos por todos es el aberrante episodio aquél, cuando Nerón alumbraba sus jardines con cristianos moribundos clavados a maderos y encendidos como antorchas (después que fueran culpados del incendio de la ciudad de Roma causado intencionalmente por él mismo), iniciando la primera de las diez grandes persecuciones del Imperio al Cristianismo (64 – 68 d.C.) en la que sus fieles murieron por miles, incluyendo a los apóstoles Pedro y Pablo ajusticiados en esa ciudad el año 67 (según narra Eusebio de Cesárea[i], en su Historia Eclesiástica, Libro Segundo, capítulo 25), especialmente en los periodos de los emperadores Domiciano, Septimio Severo, Diocleciano y Galerio, cuando los cristianos sufrieron las mayores persecuciones y eran -entre otras crueldades- motivo de entretención para los ciudadanos romanos mientras los devoraban las fieras en las arenas del Coliseo.

Las Disensiones Internas de la Iglesia

A través de estas grandes persecuciones, las fuerzas rebeldes suprahumanas pretendieron con desesperación aniquilar la poderosa fuerza moral del Cristianismo. Sin embargo solo lograban el efecto contrario, provocando que creciera en forma imparable. Por ello, cambian astutamente de estrategia e intentan apartarla de su misión reforzando la infiltración de sus filas para provocar disensiones y contaminación de su pureza doctrinal. El mismo apóstol Pablo, previendo ello en su tiempo, declaró: “Porque el misterio de iniquidad ya está obrando, sólo espera que sea quitado de en medio el que ahora lo detiene.” (2 Tesalonicenses 2:7).

Comienzan a ser notorias a partir de entonces las divisiones internas entre cristianos helenistas y judaizantes, las influencias doctrinales de las corrientes gnósticas, las herejías, etc., que adquirieron especial fuerza en la época de los llamados Padres de la Iglesia, entre los siglos I y III d.C..

No obstante ello tampoco impidió que el Cristianismo, con todas sus nuevas corrientes ideológicas, continuara extendiéndose por los dominios de Roma adquiriendo una influencia tal que terminó, a partir del siglo IV d.C., siendo reconocida finalmente como la religión predominante del Imperio y promulgada por el emperador romano como la religión oficial de aquél. Pero fue precisamente este hecho, calculado por las fuerzas de la oscuridad, el que provocó que la Iglesia corrompiera totalmente su pureza doctrinal original y sumiera a la mayoría de sus fieles en la más absoluta oscuridad espiritual por más de mil años.

La Apostasía de la Iglesia

Dicho proceso comenzó cuando el emperador romano Constantino el Grande -por motivos políticos más que por convicción espiritual- después de firmar el Edicto de Tolerancia de Milán[ii] que terminó con las grandes persecuciones, en el 324 d.C. declaró al cristianismo religión oficial del Imperio[iii], utilizándolo como instrumento de poder y dando lugar a la paulatina, pero irreversible, contaminación de la iglesia primitiva con las creencias paganas, desviándola de la senda trazada por Jesús y convirtiéndola a partir de entonces, a ella misma, en un poder perseguidor [iv].

Como resultado surgiría la poderosa organización religiosa conocida por todos como la Iglesia Católica Apostólica y Romana, y con ella la osada supremacía del poder papal por sobre los reinos europeos de la Edad Media y gran parte del Renacimiento, poder que, para asegurar su dominio espiritual y temporal, monopolizó el cristianismo y ocultó deliberadamente la verdad pura de éste al mundo de entonces encriptando las Sagradas Escrituras en hebreo, griego y latín, idiomas que sólo entendían los más cultos representantes del clero, y llenando su cuerpo doctrinal de fábulas preparadas ex profeso para dominar las conciencias por el temor y la ignorancia, incluyendo la de príncipes y reyes, prohibiendo –bajo pena de muerte– leer la Biblia cuando surgieron posteriormente los primeros movimientos disidentes en su interior que, deseosos de volver a la pureza de la iglesia primitiva, comenzaron a traducirla al lenguaje popular.

La Manifestación del Hombre de Pecado

La infiltración de las fuerzas obscuras en las filas de la iglesia primitiva fue profetizada por el apóstol Pablo en su segunda epístola (o carta) a la iglesia de Tesalónica, cuando les aclaraba que la segunda venida de Jesucristo no ocurriría “... sin que antes viniera la apostasía y se manifestara el hombre de pecado, el hijo de perdición; el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto, que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios (2ª Tesalonicences 2: 3-4. El subrayado es mío).

Llama poderosamente la atención hacia esta profecía el título “Dominum Deum Nostrum Papam” (“Nuestro Señor Dios el Papa”) según se lee en una edición de las Extravagantes del Papa Juan XXII, impresa en Amberes en 1584, columna 153 (en una edición de París, del año 1612, se halla en la columna 140). A ello se suman otras declaraciones arrogantes emitidas en siglos posteriores:

- “El papa no es sólo el representante de Jesucristo, sino que él es Jesucristo mismo, oculto bajo un manto de carne” (The Catholic Herald, de Junio de 1895).

- El Papa León XIII escribió: “Sostenemos sobre esta tierra el lugar del Todopoderoso Dios.” (Encíclica de Junio 20 de 1894, en The Great Encyclical Letters of Pope Leo XIII, pág. 304).

- “Esta autoridad judicial incluirá hasta el poder de perdonar el pecado.” (The Catholic Encyclopedia, tomo 12, art. “Papa", pág. 265).

- “El papa es de tan grande dignidad y excelencia, que no es meramente hombre, sino como si fuese Dios, y es el vicario de Dios (non sit simplex homo, sed quasi Deus, et Dei vicarius)..., de tan grande dignidad y poder que se constituye uno en el tribunal con Cristo, de tal manera, que todo lo que el papa hace parece proceder de la boca de Dios” (Pope, “Ferraris”, Ecclesiastical Dictionary).

- “El papa no es un poder entre los hombres que debe ser venerado como cualquier otro, sino que es un poder completamente divino. ... Los tesoros de la revelación, los tesoros de la verdad, los tesoros de la justicia, los tesoros de las gracias sobrenaturales, han sido depositados por Dios en las manos de un hombre, que es el único dispensador y poseedor de ellos” (Civilitá Cattolica, Serie VII, tomo 3, pág. 259).

- "El Papa es como si fuese Dios en la tierra, sólo soberano de los fieles de Cristo, que tiene la plenitud del poder, a quien Dios el Omnipotente le ha confiado no sólo la dirección de lo terreno sino también el reino celestial. El Papa tiene tal poder que puede modificar, explicar,  abolir, interpretar o cambiar aún las leyes divinas" (Lucius Ferraris, Prompta Biblioteca, Tomo 6, página 26).

Para que el lector interesado pueda encauzar una investigación más acabada al respecto se mencionará que, históricamente, sólo hay un poder que se asentó no con la fuerza, sino con la herencia de otro: ocurrió con la Roma Papal que recibió la sede y la autoridad de la Roma Imperial. “En virtud del colapso del Imperio Romano y del establecimiento de los estados bárbaros (año 476 d.C.) sobre las antiguas ruinas, la Iglesia (católica) se tornó más y más poderosa, hasta tornarse en el elemento dominante de la vida de aquellos días. La Iglesia tomó el lugar del Imperio y el Papa llegó a ser el sucesor de César.” (E.R. Thiele, Daniel, pág.67).



En efecto, a medida que el Imperio Romano Occidental se desintegraba, el obispo de Roma fue ocupando su lugar asumiendo cada vez un mayor poder. Con la conversión nominal del emperador Constantino, el Cristianismo penetró en las cortes y en los palacios, dejando a un lado la humilde sencillez de Jesús y sus apóstoles por la pompa y el orgullo de los sacerdotes paganos. El paganismo vencido terminó por ser vencedor. Ya en el siglo VI, con el traslado de la capital imperial a la ciudad de Constantinopla, el papado concluyó por afirmarse. El asiento de su poder quedó definitivamente fijado en la ciudad imperial de Roma, dejando el paganismo su lugar al papado.

El papado consolidó su extenso dominio con las bárbaras Cruzadas, las Bulas, las Indulgencias, y con el tristemente célebre Tribunal de la Inquisición que, con sus crueles persecuciones, torturas y quemas en la hoguera, hizo que la sangre de los nuevos mártires de Jesús corriera como un río. Todos estos excesos ordenados y/o sancionados por el Papa, a tal punto que lejos de actuar como el sucesor de Pedro el “Vicario de Cristo” llegó a parecer en aquel entonces, como dramáticamente lo expresaría Martín Lutero, “...el apóstol de Satanás”. [v]

La Reforma y la Contrarreforma

A partir del Siglo XV, producto de los excesos y desmedidas atribuciones de la iglesia oficial surgen del mismo seno de ella, es decir de algunos sacerdotes no corrompidos, los primeros reformadores: John Wiclef en Inglaterra, Juan Hus y Jerónimo en Bohemia, etc., los cuales comenzaron a difundir el contenido de los escritos bíblicos entre sus contemporáneos, dejando con ello en evidencia el accionar anticristiano del clero. En la difusión de los textos bíblicos, la mayoría manuscritos, contribuyeron en forma destacada los Valdenses y los Albigenses, pueblos montañeses de los Alpes que por su aislamiento habían podido mantener la pureza original de sus creencias cristianas.


La aparición en escena de Martín Lutero (1483-1546), sacerdote católico de mente abierta y gran temperamento, con su famoso petitorio de 95 argumentos clavado en las puertas de su abadía de Wittemberg, Alemania, en el año 1517, para "protestar" en contra la venta de indulgencias y pedir que la Iglesia se “reformara” de sus excesos, daría un definitivo y gran impulso a la Reforma, la cual no fue otra cosa que la necesidad nacida dentro de sus mismos representantes, de volver a la religión pura de la iglesia cristiana primitiva que postulaba “que el hombre podía ser salvo no por las obras o por la práctica de ritos religiosos sino por la gracia de Dios, manifestada en la fe o creencia profunda de que las trasgresiones humanas a la Ley Moral habían sido expiadas de una sola vez y para siempre con la muerte de Jesucristo en la cruz, y que la Biblia y sólo la Biblia es la única norma de fe y conducta para el creyente”.

Este fenómeno se produjo gracias al estudio de las lenguas antiguas (hebreo, griego, latín) en las universidades adonde iban a estudiar los futuros sacerdotes católicos, estudio que los condujo directamente a los textos bíblicos que el papado mantenía oculto al vulgo en idiomas que no podía comprender. Posteriormente estos reformadores traducirían la Biblia al idioma de sus propios países. Conocidas son las traducciones al inglés de John Wiclef, al alemán de Martín Lutero, al francés de Juan Calvino, etc., que tuvieron como importante beneficio histórico colateral el haber contribuido a configurar el desarrollo idiomático de aquellos países.

En este histórico proceso se aprecia claramente cómo, una vez más, siguiendo el mismo procedimiento de depuración de sus representantes anteriores (el linaje antediluviano de Set en la Atlántida y Mu, las culturas y civilizaciones mesopotámicas inmediatamente posteriores al diluvio, el pueblo judío), el Creador y sus huestes leales seleccionan hombres especialmente dotados por ellos para darle nuevos bríos a la ya milenaria lucha ideológica, derrotando con ello a los rebeldes en su empeño por manipular e intoxicar la conciencia humana, y dejando a la vez en completa evidencia sus obscuros propósitos y nefastos resultados.

La Reforma significó todo un fenómeno social y religioso en su tiempo, a tal punto que –pese a brotes de encarnizado fanatismo por parte de muchos que la adoptaron como alternativa religiosa al papado- el mensaje puro del Evangelio a los hombres volvió a brillar claramente durante un buen tiempo, en especial dentro de las llamadas naciones protestantes por excelencia como lo fueron Alemania, Inglaterra y posteriormente los Estados Unidos de Norteamérica.


También provocó un profundo cambio en la misma Iglesia Católica Romana, que se vio impulsada por estos importantes hechos a un proceso interno de profunda reflexión que buscaba terminar por una parte con los excesos y abusos de los miembros de la cúpula eclesiástica y por otra clarificar los puntos doctrinales puestos en duda por la Reforma. Tal proceso se denominó Contrarreforma y tomó cuerpo definitivo con ocasión del Concilio de Trento (1545-1563), terminando definitivamente con la época del Oscurantismo que marcó a la Edad Media y fijando el cuerpo doctrinal y la acción de la Iglesia Católica durante cuatrocientos años, hasta la celebración del Concilio Vaticano II  en 1964. [vi]

El Fin de la Supremacía

”Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada; y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia” (Apocalipsis 13:3, versión Reina Valera Revisada 1960).

El 15 de febrero de 1798, producto de la Revolución Francesa y el reinado del terror que le siguió, el catolicismo fue rechazado en ese país y el Gran Mariscal Louis Alexandre Berthier, al mando de las tropas francesas enviadas por Napoleón, entró en Roma y le infligió una herida mortal al papado: a través de su lugarteniente, el general Haller, tomó preso a Pío VI en la Capilla Sixtina cuando éste celebraba sus 23 años de coronación, anuló el Código de Justiniano, le expropió al papado los cinco estados que éste tenía en el centro de Italia y le quitó sus poderes temporales, convirtiendo a Roma en una república. El Papa fue condenado al exilio falleciendo al año siguiente en Valencia, Francia.



Durante dos años no hubo Papa, y aunque en 1800 se eligió a otro, perdió su poder civil de antaño y hasta hoy no ha logrado restaurar su poder perseguidor. ”La herida fue tan profunda que parecía que el papado no se repondría más de ella. El papa Pío VI fue llevado a la cautividad (Apocalipsis 13:10) y sus sucesores se auto recluyeron en cautiverio, negándose a aparecer en público hasta que se les restituyese su poder temporal”. (Seminario de Apocalipsis. Registro de Propiedad Intelectual Nº 95.759, año 1996. Porvenir 72, Santiago, Chile). [vii]

La Herida Mortal que fue Sanada

En el año 1929, Benito Mussolini firma un Concordato con el Cardenal Gaspari que le devuelve al papado las 44 hectáreas que hoy constituyen el Estado del Vaticano, con lo que recupera en forma parcial sus antiguos poderes temporales. A partir de entonces dichos poderes comienzan a ir poco a poco en aumento, al punto que el año 1980 el Vaticano es reconocido por más de cien países como un Estado legítimo, con excepción de las dos superpotencias de entonces, los EE.UU. y la Unión Soviética.



No obstante el primero establece relaciones diplomáticas con el Vaticano en 1983 bajo el gobierno de Ronald Reagan. Rusia lo hace en 1989, cuando Mikail Gorbachev y Juan Pablo II anuncian el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre el Vaticano y el Kremlin. Desde entonces la popularidad de la Iglesia Católica de la mano del carismático Papa Juan Pablo II -y reforzada actualmente por el popular y cercano Papa argentino Francisco I- es cada vez más creciente, al punto que toda la Tierra se maravilla en pos de ella, dando fiel cumplimiento a la palabra profética.

Oikoumene

“...si los cristianos a pesar de sus divisiones, saben unirse cada vez más en oración común en torno a Cristo, crecerá en ellos la conciencia de que es menos lo que los divide que lo que los une.” [Juan Pablo II (1995). Encíclica Ut Unum Sint]

La posibilidad futura de que los diferentes credos religiosos lleguen a terminar unidos en puntos comunes de fe, se viene dando con el inicio y el desarrollo cada vez mayor del llamado Ecumenismo [viii], movimiento iniciado y liderado por la Iglesia Católica para la unión en primer lugar de las iglesias cristianas, y en segundo lugar para el acercamiento y comunión con los credos no cristianos.


Proclamado por el Papa Juan XXIII, a partir de 1958[ix], continuado con convicción profunda por el Papa Paulo VI [x] durante su ministerio y madurado en el Concilio Vaticano II [xi], este movimiento tuvo uno de sus principales impulsores en el Papa Juan Pablo II [xii], hombre excepcional, que con sus cualidades sobresalientes, su carisma, su exitoso papel mediador en la política internacional y sus decididas acciones en pos de la unión de los credos religiosos, dio plena credibilidad a este proceso a la vez que contribuyó como ningún otro Papa al espectacular resurgimiento del liderazgo religioso y político de la Iglesia Católica en el mundo.

En efecto, podemos decir que lo que caracterizó el ministerio de Juan Pablo II fueron sus viajes de peregrinación de carácter universal[xiii], y no tan sólo hacia naciones predominantemente católicas, sino que hemos visto en los últimos años cómo el Papa fue recibido triunfalmente en los Estados Unidos la principal nación protestante, también en Cuba, país socialista de líderes ateos pero con un pueblo profundamente creyente que mezcla ingeniosamente los conceptos católicos con los heredados de la magia vudú.

Acontecimientos históricos fueron su recibimiento en Grecia por los líderes de la Iglesia Ortodoxa y en el Medio Oriente por los líderes religiosos musulmanes. En todos los casos el Papa apeló inteligentemente a los puntos comunes de fe. Tuvo un éxito rotundo, alineando al mundo con admiración en torno a la Iglesia Católica. Tanto es así, que en la actualidad cuando un gobernante es recibido en el Vaticano por el Papa, significa todo un triunfo político y social para la nación beneficiada. Qué decir cuando el Papa nombra Cardenal a un representante del clero en un país determinado, como sucede en Latinoamérica. A lo anterior hay que añadir, por su importancia en los futuros acontecimientos, la arrolladora atracción que produjo su ministerio entre los jóvenes.


El papel de Juan Pablo II en su liderazgo ecuménico fue exitoso desde el comienzo de su pontificado, como lo demuestran los resultados de la primera reunión que sostuvo en el año 1987 con importantes representantes de otras denominaciones cristianas: “Dirigentes de la América protestante y de las iglesias ortodoxas orientales que se reunieron con el Papa Juan Pablo II el viernes declararon que su primera reunión, la cual contó con una amplia representación, era un indicador en el progreso hacia una mayor unidad...El reverendo Donald Jones, de la Iglesia Metodista Unida y presidente del Departamento de Estudios Religiosos de la Universidad de Carolina del Sur, la calificó como ‘la reunión ecuménica más importante del siglo’... El reverendo Paul A Crown Jr., de Indianápolis, dirigente ecuménico de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo), la llamó ‘un nuevo amanecer en el ecumenismo’ abriendo un futuro en el cual Dios ‘nos está atrayendo hacia la unidad’.” (The Montgomery Advertiser, 12 de septiembre de 1987). “La enseñanza carismática protestante y católica acerca de la vida cristiana, es prácticamente idéntica. ¿No es esto significativo para el futuro cristianismo?” (J.I. Parker. Christianity Today, 22 de junio de 1992).

Babilonia La Grande

“Y en su frente un nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA”. (Apocalipsis 17:5, versión Reina Valera Revisada 1960).

Sin duda existen muchas razones loables y de peso para que las iglesias cristianas deseen unirse: la convicción de que la Iglesia debe ser un lugar que reúna a todos los hermanos en Jesucristo, para cumplir su mandato de que “todos sean Uno”; la necesidad de presentar una fuerza moral unida frente al avance del materialismo, la inmoralidad y la corrupción; el reconocimiento (ya era hora) del hecho que una cristiandad desunida desprestigia el mensaje del Evangelio; la urgencia de atraer al resto del mundo hacia la fe cristiana, etc., todas ellas muy respetables y necesarias.


No obstante si esta unión, producto del proceso ecuménico, no se basa en el verdadero objetivo del Evangelio el cual es regenerar a la raza humana de su transgresión a la Ley Moral -razón de ser del sacrificio mesiánico- haciéndola plenamente respetuosa en el espíritu de todos sus preceptos, sólo conseguirá reflejar los propósitos de la rebelión que la puso en duda en el principio de los tiempos.

Ningún resultado valedero ante el Creador obtendrán si la moral de la conducta cristiana no es del todo consecuente con esta Ley, base del Gobierno Universal del Uno, “Si en verdad cumplís la Ley suprema, conforme a las Escrituras, bien hacéis;...porque cualquiera que guarde toda la Ley, pero ofenda en un punto, se hace culpable de todos, pues el que dijo: ‘No cometerás adulterio’, también ha dicho: ‘no matarás’. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la Ley”. (Santiago 2:10-11).

Sin embargo es extremadamente difícil que instituciones universales con dogmas tan arraigados estén dispuestas a repensar sus doctrinas fundamentales. Es sabido que los poderes siempre trascienden a las personas que los conforman escapando al control de éstas, pues como reza el conocido refrán “los hombres pasan, las instituciones quedan”, el poder con el tiempo toma vida por sí mismo.

En este sentido es preocupante constatar que hay dos dogmas de fe, de carácter fundamental, en los cuales católicos y protestantes no difieren a pesar de sus profundas diferencias doctrinales: la creencia en que el alma de los difuntos no muere, sino que pasa a otro estado (cielo o infierno) dependiendo de sus actos en la vida, y la observancia del domingo como día sagrado. Incluso en el primer punto coinciden con la mayoría de las religiones orientales, el espiritismo y las filosofías heredadas de la antigua Grecia. Seguramente el auge cada vez mayor del liderazgo religioso-político del catolicismo irá alineando a los diferentes credos en torno al segundo punto: el sagrado día del sol (en inglés Sunday: sun = sol, day = día).

Si estas instituciones cristianas se unieran sin claudicar en estos dogmas antibíblicos, a pesar de todas sus nobles intenciones, su resultado sería sólo una fuerza mayor -de alcance mundial- que se estaría oponiendo al plan de contingencia del Creador para el rescate de la Humanidad.

Lo anterior, por cuanto ambos puntos están en abierta contraposición con la Ley Moral. El primero porque de esta convicción nace el culto por los “santos difuntos”, con la consiguiente veneración de imágenes y de reliquias que llevó a la Iglesia Católica Romana a suprimir el segundo mandamiento de su Catecismo [xiv], y el segundo porque se opone abiertamente al cuarto mandamiento, que ordena la observancia del día Sábado [xv] como día sagrado (séptimo y último día de la semana) [xvi].


Por lo tanto si el movimiento ecuménico tal y como está planteado actualmente tiene éxito, alineará a las religiones del mundo y a los movimientos filosóficos humanos -incluyendo al Espiritismo- bajo el liderazgo de la Iglesia Católica Romana y de la bandera de la rebelión contra la Ley Moral, conformando entonces en su plenitud la figura apocalíptica de Babilonia la Grande, la religión mundial del Anticristo,preparando con ello el escenario religioso ideal para la falsa manifestación del Mesías.

Sin embargo la Biblia en el libro de la Revelación, el Apocalipsis, con sus alegorías, símbolos y profecías destinadas a iluminar a la Humanidad respecto de los últimos tiempos de la Historia, nos insta con urgencia a salirnos de ella para no participar de sus pecados ni sufrir las plagas que le caerán encima, y a formar parte decidida de quienes serán reconocidos por el Maestro como su Iglesia en “el día y la hora” que se acercan a pasos agigantados:

“Vi también otro ángel que volaba por lo más alto del cielo. Tenía un evangelio eterno que anunciar a los habitantes de la tierra; a todas las razas, naciones, lenguas y pueblos. Decía con voz poderosa: — Teman a Dios y denle gloria, porque ha sonado la hora del juicio. Adoren al creador del cielo y de la tierra, del mar y de los manantiales de agua.

"Un segundo ángel lo seguía, proclamando: — ¡Por fin cayó la orgullosa Babilonia, la que emborrachó al mundo entero con el vino de su desenfrenada lujuria!

"Y un tercer ángel seguía a los dos anteriores, clamando con voz poderosa: — ¡Adoren, si ustedes lo quieren, a la bestia y a su imagen! ¡Déjense tatuar su marca, si les place, en la frente o en la mano! Pero entonces, dispónganse a beber el vino de la ira de Dios que ha sido vertido sin mezcla alguna en la copa de su furor, dispónganse a ser torturados con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles y del Cordero. El tormento será eterno y no habrá descanso ni de día ni de noche para quienes adoren a la bestia y a su imagen, para quienes se hayan dejado tatuar su nombre. ¡Ha sonado la hora de poner a prueba la firmeza de los consagrados a Dios, de los que cumplen los mandamientos de Dios y son fieles a Jesús!” (Apocalipsis 14:6-12. Versión La Palabra Hispanoamericana)



“Y oí otra voz que decía desde el cielo: — Sal de ella, pueblo mío, pues si te haces cómplice de sus pecados, también te alcanzarán sus castigos. Hasta el cielo se han amontonado sus pecados y Dios no ha querido ignorar por más tiempo sus crímenes.” (Apocalipsis 18:4-5. Versión La Palabra Hispanoamericana).

Conclusiones

Bien, ya pueden aflojar sus cinturones pues el vertiginoso viaje está concluyendo. No obstante no dejen de revisar los enlaces, bibliografía, videos y notas complementarias que he puesto al final del artículo, que dan debido sustento y claridad a estas impactantes revelaciones. Espero que, junto con haber remecido sus conciencias sensibles, éstas hayan respondido satisfactoriamente a las interrogantes que formulé al comienzo.



Sin embargo -y esto por favor, es muy importante- ruego que los atentos lectores tengan debidamente en cuenta que en este descarnado análisis se ha denunciado a un poder religioso-temporal que está condicionando fuerte y negativamente el devenir de la civilización, y no a las personas que sin saberlo han sido parte de él. Su objetivo ha sido enmarcar –con los hechos en toda su crudeza- el contexto histórico-religioso del gran conflicto ideológico entre las fuerzas de la luz y de la oscuridad, siguiendo la línea del tiempo que he planteado desde el primero de mis artículos.

De ningún modo he pretendido atacar a personas creyentes y observantes, ya que dentro de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, hay millones que –como muchos otros a la fecha ya fallecidos- profesan una fe cristiana sincera y, seguramente, andan en toda la luz que han recibido sin que hayan podido darse cuenta que sus guías espirituales se fueron alejando de la verdad pura de la Biblia. Ejemplos abundan también de sacerdotes católicos, muchos de ellos anónimos, plenamente consagrados al Evangelio y a sus comunidades en ciudades, pueblos y aldeas, que reflejan con sus vidas y acciones la imagen pura del Maestro de Nazaret.

A todas aquellas personas el autor respeta profundamente por su consecuencia y sinceridad de propósito,… y a ellas apela para su apertura, comprensión, y decisión, frente a este agudo tema.


Por

Carlos Jiménez Fajardo



BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA:
  • Grau, José (1990). Catolicismo Romano, Orígenes y Desarrollo, Tomos I y II. Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas.
  • Von Ranke, Leopold (1951). Historia de los Papas en la Época Moderna. México: Fondo de Cultura Económica.
  • G. de White, Elena (1962). Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos. Argentina: Casa Editora Sudamericana, Tomo I, capítulos 2 al 16.


VIDEOS RECOMENDADOS:

1. La verdadera Historia de la Iglesia Católica Romana:


2. Constantino El Grande - Fundador Iglesia Católica Romana:


3. La Organización Religiosa del Anticristo:



NOTAS AL FINAL:
______________

[i] Eusebio de Cesárea (267–340 d.C.). Considerado el padre de la historia del cristianismo. Su célebre obra Historia Eclesiástica es considerada la más autorizada recopilación de los sucesos ocurridos en los primeros siglos de la iglesia cristiana, principalmente porque hizo el mayor esfuerzo por reunir todos los datos que estuvieron a su alcance y por su cercanía a las fuentes históricas, aunque la autenticidad de algunos de los hechos narrados por él pudiera ponerse en duda debido a que en su época no se manejaba el concepto de “documento auténtico” que aplican los historiadores de hoy, que han elevado su disciplina a la característica de Ciencia.

[ii] El Edicto de Tolerancia de Milán, firmado el año 313 d.C. por Constantino y Licinio, líderes del Imperio Romano Occidental y Oriental, respectivamente, promulgaba la libertad de adoración dentro de sus dominios y daba a Constantino el título de Legislador de la Iglesia, declarando “que a los cristianos y a todos los demás se conceda libre facultad de seguir la religión que a bien tengan;… Sea lícito a cada uno dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle”.

[iii] “[Constantino] comprendió que necesitaba el apoyo de las tenaces comunidades cristianas para edificar el nuevo imperio. Así pues, desde que fue proclamado emperador por el ejército en 306, tomó bajo su protección a los cristianos e ingresó entre los que podían escuchar la lectura de los Evangelios en los templos. Pero su pensamiento era político y no religioso. Quería organizar las comunidades episcopales autónomas [es decir, gobernadas por un “epískopos” u obispo, equivalente a “presbíteros” o anciano. En aquella época varios obispos o ancianos gobernaban cada iglesia] en una Iglesia universal [católica, pues ése es el significado literal de esta palabra], jerarquizada [con dignatarios eclesiásticos que representaran a diferentes jerarquías] y doctrinariamente homogénea, que correspondiera al Imperio como el alma al cuerpo.” (Luis Aznar, autor católico, en “Eusebio y el Nacimiento de la Historia Religiosa”, prólogo de la Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesárea, pág. X, Editorial Nova, Buenos Aires, 1950). Citado por Víctor E. Ampuero Matta en su libro La Iglesia y sus Fundamentos, págs. 56 y 57  (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1964).

[iv] Respecto a las pruebas de que, a partir de entonces, la Iglesia se convierte en un poder religioso intolerante y perseguidor, se recomienda la lectura de “Cronología de la Persecución Cristiana contra los Paganos Helenos”, tomada del libro de Vlasis Rassias “Demoledlos…” (Ediciones Anoixti Poli, publicado en Atenas en 1994), que muestra en una cronología resumida cómo a partir del año 314 d.C., es decir inmediatamente después del Edicto de Milán que dio fin a las persecuciones contra ella por el Imperio Romano, la Iglesia misma se vuelve perseguidora bajo el patrocinio directo de éste. Dicha cronología comienza cuando Constantino, ese mismo año en Dydima, Asia Menor, saquea el oráculo del dios Apolo y tortura a los sacerdotes paganos hasta la muerte, desahucia a todos los paganos del monte Athos y destruye todos los templos paganos del lugar. Se puede acceder a la lectura on-line de este revelador documento a través del enlace: http://issuu.com/carlosjimenezfajardo/docs/cronolog__a_de_la_persecuci__n_cris/1

[v] El título “Vicario de Cristo” es otro de los tantos títulos altisonantes que le fueran dados al Papa en este oscuro periodo de la iglesia cristiana. Significa “Representante o Vicario del Hijo de Dios”. En latín, la lengua oficial del catolicismo de entonces, heredada de los romanos, se escribía: “VICARIVS FILII DEI”. Este título está escrito en la mitra del Papa.

 Se invita al lector a extractar de este título los números romanos inscritos en él y a efectuar con ellos la operación numérica universal, es decir, la suma: V I C A R I V S   F I L I I   D E I : (V+I+C+I+V) + (I+L+I+I) + (D+I) = (5+1+100+1+5)+(1+50+1+1)+(500+1) = 112+53+501 = 666. ¿Qué dice la Biblia respecto de este número?

“Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.” (Apocalipsis 13:18).



 Tal vez, al comparar el lector el resultado obtenido con lo denunciado por el apóstol Juan en el Libro del Apocalipsis es posible que piense que Lutero haya tenido razón en su terrible afirmación. No obstante, se debe tener en cuenta que -a pesar que se halla popularizado durante la Reforma esta interpretación del texto apocalíptico a la luz de los hechos que se denunciaban- la interpretación moderna de este pasaje del Apocalipsis es necesariamente mucho más amplia: Todo poder que se oponga a Cristo es el Anticristo y el 666 es por lo tanto “el número de su nombre” (Ibíd. 13:17).

[vi] No obstante, al experimentar una nueva atmósfera de confianza y seguridad con los resultados del Concilio de Trento, la Iglesia Católica asumió una actitud equivocada que terminó por traicionar nuevamente su misión pastoral: “Analizado todo aquello a distancia, se ve que el “triunfalismo” es y será siempre una actitud inmadura de la Iglesia. Después de Trento, a ella no le cabía otra postura que la de una profunda humildad. Había pecado mucho y por mucho tiempo. Ahora, gracias a la misericordia del Señor que la purificaba, iniciaba un nuevo camino y debía dar testimonio de simplicidad evangélica cuidándose de no caer en sus pasadas culpas. Es una pena que el Concilio de Trento marcó a la Iglesia con un carácter triunfalista y beligerante. A los que abandonaron la Iglesia los consideró apóstatas y herejes, enemigos de la verdadera Fe, y de cuyo contagio había que liberarse.” (Carlos Decker G., “La Iglesia, Una Mirada a su Historia. Tomo I: De Pentecostés a Trento”. Primera Edición, enero de 1984, Instituto Catequésis, Arzobispado de Santiago).

[vii] El predominio político-religioso papal comenzó oficialmente el año 538 d.C. cuando entró en vigencia el edicto de Justiniano El Grande emperador romano de Oriente quién, deseando poner de su parte la influencia del papa y del partido católico promulgó aquél decreto memorable en el año 533 d.C., al ser finalmente subyugados por el general de su ejército, Belisario, los tres reinos arrianos que se le oponían: los Hérulos, los Vándalos y los Ostrogodos. Entonces el obispo de Roma fue proclamado cabeza de toda la iglesia, y tal como lo habían indicado las profecías bíblicas, el papado empezó su hegemonía permaneciendo con un poder supremo hasta el año 1798; es decir, durante 1.260 años exactos (538 d.C + 1.260 años = 1798 d.C.).

 El lector avezado podrá comprobar, maravillado, cómo su surgimiento -continuación directa del Imperio Romano- así como la absoluta supremacía de su poder religioso y político sobre la Europa medieval y renacentista durante exactamente 1.260 años, están profetizados en forma clara y contundente en los libros más potentes de la revelación bíblica: Daniel y Apocalipsis (capítulos 7 y 13, respectivamente). Las referencias a los 1.260 años de su supremacía suman -considerando ambos libros- un total de siete (número de gran simbolismo en la Biblia), en diferentes formas que vienen a significar lo mismo: “mil doscientos sesenta días” (Apocalipsis 11:3, 12:6); “tiempo, tiempos y medio tiempo” (Daniel 7:25, 12:7; Apocalipsis 12:14); “cuarenta y dos meses” (Apocalipsis 11:2, 13:5).



 De ese poder la profecía dice: “Hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la Ley; y serán entregados en su mano hasta tiempo, tiempos, y medio tiempo.” (Daniel 7:25). También declara: "Y le fue dada boca que hablaba grandes cosas y blasfemias, y le fue dada potencia de obrar cuarenta y dos meses" (Apocalipsis 13:5).

 Además de hablar palabras de arrogancia contra el Altísimo pretendiendo tomar el lugar de Dios y jactarse de ello públicamente, quebrantar como lo hizo por 1.260 años “a los santos del Altísimo” (periodo en que, como dice la profecía, fueron entregados en su mano), también pensó en cambiar los tiempos y la Ley de Dios.

 Efectivamente, si el lector compara la Ley de Dios; es decir, los Diez Mandamientos, tal como se mencionan en la Biblia (Exodo 20:3-17) con los que figuran en el catecismo oficial de la Iglesia Católica, veremos que también la profecía se cumple exactamente en este punto: En cuanto a cambiar la Ley de Dios, se puede observar cómo el segundo mandamiento -que prohíbe la adoración de imágenes- ha sido completamente suprimido, y el cuarto mandamiento -que ordena el sábado como día de reposo y que a manera de un sello del legislador (ya que da cuenta explícitamente de su nombre, cargo y jurisdicción) menciona a Dios como el Creador de todo lo que existe- ha sido reemplazado lisa y llanamente por el que dice: “Santificarás las fiestas”. Además para completar el número de diez, el último mandamiento aparece dividido en dos. Complementariamente, se puede observar cómo con el cuarto mandamiento cambió no sólo la Ley sino que también -como dice la profecía- los tiempos (el sábado por el domingo).

 Para que el sorprendido, o quizás perplejo lector, pueda comprobar por sí mismo los cambios introducidos en la Ley Moral por el poder papal en su época de mayor apogeo, se muestra a continuación una tabla comparativa entre los 10 Mandamientos de la versión bíblica (Éxodo 20:3-17) y los de la versión oficial del Catecismo de la Iglesia Católica:

LOS DIEZ MANDAMIENTOS
LEY
SEGÚN LA BIBLIA
SEGÚN EL CATECISMO CATÓLICO
Versión Católica de las Sagradas Escrituras de Mons. Dr. Juan Straubinger
Catecismo de la Doctrina Cristiana (edición oficial)
1
No tendrás otros dioses delante de mí.
(1)    Amar a Dios sobre todas las cosas.
2
No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo soy Yahvé tu Dios, un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y que uso de misericordia hasta mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos.

3
No tomarás en vano el nombre de Yahvé, tu Dios;   porque Yahvé no dejará sin castigo a quien tomare en vano su nombre.
(2)    No tomar su santo nombre en vano.
4
Acuérdate del día de sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todo tu trabajo, pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé, tu Dios. No hagas ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que habita dentro de tus puertas. Pues en seis días hizo Yahvé el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto ellos contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahvé el día de sábado y lo santificó.
(3)    Santificar las fiestas.
5
Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolongue tu vida sobre la tierra que Yahvé, tu Dios, te va a dar.
(4)    Honrar padre y madre.
6
No matarás.
(5)    No matar.
7
No cometerás adulterio.
(6)    No fornicar.
8
No hurtarás.
(7)    No hurtar.
9
No levantarás falso testimonio contra tu prójimo.
(8)    No levantar falso testimonio ni mentir.
10
No codiciarás la casa de tu prójimo, tampoco codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de las que pertenecen a tu prójimo.
(9)    No desear la mujer de tu prójimo.
(10:   No codiciar los bienes ajenos.

 Para una correcta lectura de las profecías de los párrafos anteriores, téngase presente que la Biblia, interpretándose a sí misma, declara que un día profético equivale a un año literal. Lo podemos encontrar mencionado explícitamente en Números 14:34 y en Ezequiel 4:6. De acuerdo con dichos textos, los mil doscientos sesenta días proféticos equivalen a mil doscientos sesenta años literales (ver detalle en mi libro Fenómalos – La Quinta Esencia, nota 190 del Capítulo 12 y nota 191 del Capítulo 13).

 Otro detalle muy importante a tener en cuenta: En arameo, idioma original en que fue escrito el Libro de Daniel, la palabra “iddan” traducida “tiempo,” significa “un año.” Así lo interpretan la mayoría de los exégetas antiguos y modernos. Incluso en la Septuaginta (primera traducción al griego del Antiguo Testamento) se lee literalmente “siete años” con respecto a Daniel 4:23 que refiere la profecía de los “siete tiempos” en que el rey babilonio Nabucodonosor estaría trastornado comportándose como animal. Esa palabra en plural significa “dos años,” y “medio tiempo” quiere decir “medio año”. Como se trata de una profecía, tiempo equivale entonces a un año profético, o lo que es lo mismo, a 360 días proféticos. Por lo tanto, “tiempo, tiempos y medio tiempo” equivalen también a 1.260 días proféticos o a 1.260 años literales.

 Si el lector tiene en cuenta estos datos proporcionados por la misma Biblia, podrá entender correctamente estos importantes acontecimientos históricos.

 Pues bien, durante este extenso periodo de 1.260 años, la Iglesia de Roma ejerció una despiadada y aberrante persecución religiosa sobre los que llamaba “herejes”, la que fue declinando, hasta casi desaparecer, en los últimos cuarenta años antes de la pérdida de su poder político-religioso acaecida en 1798.

 “Por profesar una fe contraria a las enseñanzas de Roma, la Historia registra el martirio de más de cien millones de personas. Un millón de valdenses y albigenses (protestantes suizos y franceses) murieron durante una cruzada proclamada por el Papa Inocente III en 1208. Este arengaba así a sus tropas: ‘Combatid contra las bestias del desierto, que semejantes a langostas han cubierto la superficie de la tierra’. Simón de Monfort cumplió fielmente su mandato y dijo: ‘No hemos perdonado sexo, edad, rango, sino que hemos pasado a todos a filo de espada’” (Hahn, Historia de los Herejes, 1.5). “Comenzando por el establecimiento de los jesuitas en el 1540 a 1580, novecientas mil personas fueron destruidas. Ciento cincuenta mil perecieron durante la Inquisición, en treinta años. Durante el lapso de treinta y ocho años después del edicto de Carlos V en contra de los protestantes, cincuenta mil personas fueron colgadas, decapitadas o quemadas vivas por herejía. Dieciocho mil más perecieron durante la administración del Duque de Alba en cinco años y medio.” (Brief Bible Readings, página 16).



 A partir de “El día 24 de agosto del año 1572, los católicos romanos de Francia, siguiendo un plan premeditado, bajo influencia jesuita, asesinaron 70.000 protestantes durante el espacio de dos meses. El papa se regocijó cuando escuchó las noticias de los exitosos resultados.” (Western Watchman, 21 de noviembre de 1921. Fuente católica). La Historia identifica esa fecha terrible como la masacre de San Bartolomé. Con la aprobación de Catalina de Médicis, madre de Carlos IX, unos 20.000 hombres, mujeres y niños hugonotes (o calvinistas) fueron asesinados durante la noche mientras dormían confiados en la promesa de protección hecha por el rey de Francia. La matanza continuó en París por espacio de siete días y se extendió luego por decreto del rey a las provincias francesas, donde se prolongó por espacio de dos meses.

 “Se calcula... un promedio de 40.000 homicidios religiosos por cada año de existencia papal.” (John Dowling. The History of Romanism, págs. 541-542).

 Como se ve, son abundantes las pruebas que demuestran que, antes y después de la Reforma, las guerras, las cruzadas, las matanzas, las inquisiciones y persecuciones de todas clases, fueron los métodos adoptados para obligar al mundo de entonces a someterse a la autoridad papal. Esto es corroborado con las propias palabras de sus representantes de antaño: “La iglesia ha perseguido. Sólo podría negarlo un novicio en la historia de la iglesia. ... Los donatistas fueron perseguidos ciento cincuenta años después de Constantino, y a veces fueron condenados a muerte. ... Los protestantes fueron perseguidos en Francia y en España con la aprobación plena de las autoridades eclesiásticas. Siempre hemos defendido las persecuciones de los hugonotes y la Inquisición española. Dondequiera y cuando quiera haya un catolicismo honrado, habrá una clara distinción entre la verdad y el error, y el catolicismo y todas las formas del error. Cuando la iglesia piense que es conveniente usar la fuerza física, la empleará.” (The Western Watchman, períodico católico de Saint Louis, Missouri, Estados Unidos, edición del 24 de Diciembre de 1908).



 Estos y muchos otros excesos del papado, plenamente corroborados por la Historia, son los que reconoce incluso la Iglesia Católica de hoy, y por los cuales ha estado pidiendo perdón públicamente en más de una oportunidad consciente que tal horror mancilla indefectiblemente su pasado y pesa con fuerza en su presente. Como ejemplo valga la siguiente cita: “El papa Juan Pablo II pidió perdón por las guerras (religiosas) en Europa entre católicos y protestantes durante la Contrarreforma.” (U.S. News and World Report, 3 de julio de 1995). También la Iglesia ha reconocido y ha pedido perdón por su posición antisemita: “En 1992, una resolución del Concilio Vaticano II borró las palabras ‘pérfidos judíos’ de la oración del Viernes Santo (hasta entonces repetida por millones de católicos) y en 1995 se anuló la acusación de que los judíos habían ‘asesinado a Dios’ del documento ‘Nostra Aestate’ … En 1997, hablando frente a los representantes de la comunidad judía, el obispo de San Denis pidió perdón por la actitud de la Iglesia Católica francesa. Además, el 30 de septiembre de ese año los obispos franceses hicieron una declaración de arrepentimiento público y reconocieron que los siglos de ‘tradición antijudía’ habían marcado la doctrina, enseñanzas y liturgias de la Iglesia creando un campo fértil donde la ‘venenosa planta del odio hacia los judíos’ había crecido.” (Thomas Ralber, MSc. El Cristianismo al Desnudo, Cap. VI El Holocausto Judío, pág.215: La Penitencia Cristiana. Editado por I.A. Greenfield S.A. Enero 2001).

[viii] Ecumenismo. Este término nace de la palabra oikoumene proveniente del griego clásico, que se relaciona con la vivienda, el asentamiento, la permanencia, por lo que su primera acepción es más bien geográfica y locativa. Más tarde asume un significado más político cuando se refiere al Imperio Romano, donde la Pax Romana sería por tres siglos el símbolo de la Oikoumene. Con la caída del Imperio, el término dejó de tener connotaciones políticas y pasó a tener una connotación eclesiástica. Ya en el siglo XIX sería utilizado por el catolicismo bajo el significado de buscar y alcanzar la unidad de las distintas comunidades cristianas no-católicas que se habían separado en el transcurso de los siglos. (Extractado de Juan Carlos Urrea Viera, El Futuro del Ecumenismo, Colección El Tercer Milenio 14, CELAM, Editorial Tiberíades, Arzobispado de Santiago, Edición 1999, Santiago de Chile).

[ix] El Papa Juan XXIII, que fuera elegido el 28 de octubre de 1958, en su primer mensaje oficial al mundo católico, manifestó: “Y como la Iglesia Occidental, así con igual afecto abrazamos a la Iglesia Oriental (la Ortodoxa); abrimos el corazón a todos aquellos que se hallan separados de esta Sede Apostólica... les conjuramos pues: vengan todos con plena y amorosa voluntad... no entrarán a una casa extraña sino a su propia casa”.

[x] El Papa Paulo VI, elegido el 21 de junio de 1963, señala en su primer mensaje (22 de junio de 1963): “Nuestro servicio pastoral intentará proseguir con todo empeño la gran tarea, iniciada con tanta esperanza y con augurio feliz por nuestro predecesor Juan XXIII: la realización de aquél unum sint (Jn 17,21) tan anhelado por todos, y por la cual ha entregado su vida... Abrimos nuestros brazos a todos aquellos que se glorían en el nombre de Cristo; los llamamos con el dulce nombre de hermanos”.

[xi] El Concilio Vaticano II aprobó y promulgó el 21 de noviembre de 1964 el Decreto Unitatus Redintegratio, el que en su Capítulo I “Principios sobre el Ecumenismo” señala: “... La Iglesia Católica llega a reconocer que no hay un ecumenismo católico en contraposición a un ecumenismo protestante u ortodoxo. Hay un sólo movimiento ecuménico, al que se van adhiriendo las diferentes iglesias, cada uno desde su propio seno y de sus posibilidades doctrinales”.

[xii] Juan Pablo II, (Karol Wojtyla, arzobispo polaco elegido Papa en octubre de 1978 y fallecido el 2 de abril de 2005 tras 25 años de pontificado), articuló su acción ecuménica en tres puntos esenciales: arrepentimiento, oración y diálogo. De ahí la urgencia en primera instancia de la Iglesia Católica de hacer un examen histórico y la necesidad de pedir perdón por las faltas que a su juicio han afectado la unidad de la Iglesia y empañado el testimonio cristiano. En su Carta Apostólica Terto Millennio Adveniente, publicada el 10 de junio de 1994, orientada a preparar el nuevo milenio con un Jubileo extraordinario, en el que el ecumenismo aparece como una de sus preocupaciones relevantes, Juan Pablo II señalaba; “Es cierto que un correcto juicio histórico no puede prescindir del atento estudio de los condicionamientos culturales del momento, bajo cuyo influjo muchos pudieron creer de buena fe que un auténtico testimonio de la verdad comportaba la extinción de otras opiniones o al menos su marginación ... Pero la consideración de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la imagen de su Señor” (TMA, Nº35).


 Juan Pablo II publica el 25 de mayo de 1995 su Carta Encíclica Ut Unum Sint, en la que según el P. Jorge Scampini, su exposición intenta “recoger y dar nueva expresión en la vida de la Iglesia Católica a la enseñanza conciliar sobre el ecumenismo. Al mismo tiempo que recoge los frutos del camino recorrido y señala, desde la visión católica, cuál es el camino a recorrer.” (Scampini, J., “La Encíclica Ut Unum Sint: Reflexiones desde América Latina”, en Medellín, vol. XXIII, Nº91, Septiembre de 1997, 406). Sus puntos relevantes son: 1) que la acción ecuménica abarca a toda la iglesia: nadie puede ser indiferente al trabajo por la unidad de los cristianos. 2) que creer en Cristo significa querer la unidad, por lo que la búsqueda de la unidad de los cristianos forma parte esencial de la vida y acción pastoral de la Iglesia 3) tener la valentía de estar dispuesto a derribar todo aquello que separa a la Iglesia Católica de sus hermanos no-católicos.

 No es un camino fácil, ya que como el mismo Papa Juan Pablo II señalaba “... además de las divergencias doctrinales que hay que resolver, los cristianos no pueden minusvalorar el peso de las incomprensiones ancestrales que han heredado del pasado, de los malentendidos y prejuicios de los unos contra los otros. No pocas veces, además, la inercia, la indiferencia y un insuficiente conocimiento recíproco agravan estas situaciones. Por este motivo, el compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de los corazones y en la oración, lo cual llevará incluso a la necesaria purificación de la memoria histórica.” (Ut Unum Sint, Nº2). Por último, el documento destaca la importancia de la renovación y conversión interior: “no hay verdadero ecumenismo sin conversión interior” (UUS, Nº15) y de la primacía de la oración en pos del objetivo del ecumenismo (UUS, Nº22): “...si los cristianos a pesar de sus divisiones, saben unirse cada vez más en oración común en torno a Cristo, crecerá en ellos la conciencia de que es menos lo que los divide que lo que los une” (UUS, Nº22). (Extractado de Juan Carlos Urrea Viera, El Futuro del Ecumenismo, Colección El Tercer Milenio 14, CELAM, Editorial Tiberíades, Arzobispado de Santiago, Edición 1999, Santiago de Chile).

[xiii] Respecto de los viajes del Papa Juan Pablo II a lo largo de su ministerio, se menciona a continuación una breve pero ilustrativa estadística al año 2001: Un total de 1.179.810 kilómetros recorridos, más de 29 veces la vuelta al mundo, 902 días fuera del Vaticano, 850 ciudades visitadas y 3.176 discursos (Fuente: AFP).

[xiv] “Las imágenes y los cuadros fueron introducidos al principio en la iglesia no para que fueran adorados, sino para que sirvieran como libros que facilitaran la tarea de enseñar a los que no sabían leer o para despertar en otros el sentimiento de devoción.


 Difícil es decir hasta qué punto este medio correspondió al fin propuesto; pero aun coincidiendo que así fuera durante algún tiempo, ello no duró, y pronto los cuadros e imágenes puestos en las iglesias, en lugar de ilustrar, obscurecían la mente de los ignorantes y degradaban la devoción de los creyentes en lugar de exaltarla. De suerte que, por más que se quiso emplear unos y otros para dirigir a los espíritus de los hombres hacia Dios, no sirvieron en fin de cuentas sino para alejarlos de él e inducirlos a la adoración de las cosas creadas.” (J. Mendham, The Seven General Council, The Second of Nicea, Introduction, págs. iii – vi). El Segundo Concilio de Nicea, el año 787 d.C., fue convocado precisamente para instituir el culto de las imágenes. Citado en la obra Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, Tomo II, de Ellen G. White: Apéndice, Notas Generales, de la página 56: Culto de las Imágenes. Asociación Casa Editora Sudamericana, Edición del 15 de julio de 1963.

[xv] Sábado (Hebreo shabbâth: cesación, reposo). Día en que se suspendía el trabajo usual, para dedicarlo especialmente al culto a Dios y al descanso. El nombre hebreo pasó al griego como sábbaton y al latín como sabatum, de donde viene el castellano “sábado”. La palabra hebrea se relaciona con el verbo de la misma raíz que significa “cesar”, “dejar de hacer algo”, “descansar”. En la gran mayoría de los casos, el shabbâth era el séptimo día de la semana, y por tanto corresponde a nuestro sábado (Exodo 16:23; 16:25-26; 16:29; 20:8; 20:10-11; 31:13-16; Mateo 12:1-2, 5, 8, 10-12; 24:20; 27:62; 28:1). En los Diez Mandamientos se ordena su observancia en conmemoración tanto del descanso divino al terminar la Creación (Exodo 20:8-11; Génesis 2:1-3) como de la liberación del pueblo israelita de la esclavitud (Deuteronomio 20:12-15). Los hebreos contaban el día de reposo desde la puesta de sol el viernes hasta la puesta del sol el sábado, y así lo hacen todavía. (Diccionario de la Biblia Versión Reina-Valera 1995, Edición de Estudio, pág.69).

[xvi] La primera referencia que se conoce para la observancia del domingo es la hecha por Justino el año 155 d.C. (Justino Mártir, Apología, 1:67): “‘El día del sol’ es observado por los cristianos a causa de la resurrección”. Casi dos siglos más tarde, exactamente el 7 de marzo del año 321 d.C. el emperador romano Constantino promulga el siguiente edicto: “Que todos los jueces, y todos los habitantes de la ciudad, y todos los mercaderes y artesanos descansen el venerable día del sol” (Codex Justinianus, lib. 3, tít. 12, párr. 2).

 No obstante, cuando Jesús profetizó la caída de Jerusalén exhortó a sus discípulos que oraran porque su huida no fuera “...en invierno ni en sábado.” (Mateo 24:20). Esto lo dijo el año 31 d.C. y la destrucción de Jerusalén por las fuerzas romanas ocurrió el año 70 d.C. Es decir, durante 39 años sus seguidores debieron pedir a Dios que les permitiera arrancar de la ciudad en un día distinto al sábado, cuando la vieran sitiada, lo que evidencia que los primeros cristianos debieron guardar el sábado.

 La observancia del domingo es una institución netamente católica, como sus mismos representantes lo reconocen: “La Iglesia está por encima de la Biblia, y esta transferencia de la observancia del sábado es la prueba de este hecho” (The Catholic Record, London, Ontario, 1 de septiembre de 1923). “La observancia del domingo por parte de los protestantes es un homenaje que ellos rinden, a pesar de sí mismos, a la autoridad de la iglesia (católica).” (Monseñor Segur, Plain Talk About The Protestantism of Today, pág. 213). Valga también la siguiente cita: “El domingo es una institución católica, y la demanda para su observancia solamente puede ser defendida bajo principios católicos... Desde el principio hasta el final de las Escrituras no hay un sólo pasaje que autorice la transferencia del culto semanal público del último día de la semana al primero.” (Catholic Press, Sidney, Australia, año 1900).

 Sin embargo a pesar que la Iglesia Católica defienda, con muy convincentes argumentos teológicos e históricos (ver el enlace https://apologia21.com/2014/08/14/adventistas-constantino-y-la-eleccion-del-domingo/), que la observancia del domingo instituida por ella fue practicada desde sus inicios por la iglesia primitiva por ser el día conmemorativo de la resurrección de Jesús -viniendo a ser el símbolo del Nuevo Pacto para los cristianos- hasta que fuera oficializada religiosamente en el Concilio de Laodicea en el año 363 d.C. y ratificada universalmente por el ecuménico Concilio de Calcedonia el año 451 d.C., será muy ilustrativo para la reflexión y posterior decisión del lector respecto de una polémica religiosa que podría llegar a ser crucial en los tiempos finales, constatar que el Sábado, como el día de reposo de los diez mandamientos, ha sido guardado por la cristiandad a lo largo de los siglos, en especial por la que se mantuvo lejos de la influencia de la Iglesia de Roma. Mencionamos aquí ejemplos de ello:

 Siglo I: “Entonces la simiente espiritual de Abrahám (los cristianos) huyeron hacia Pela, al otro lado del Jordán, donde encontraron un seguro lugar de refugio, y así pudieron servir a su Maestro y guardar su Sábado.” (Eusebio de Cesárea, Historia Eclesiástica).
 Siglo II: “Los cristianos primitivos manifestaron una gran veneración por el sábado, y dedicaban ese día a la devoción y a la predicación… Recibieron esa práctica de los apóstoles, de acuerdo con varios escritos relativos a ese fin.” (D. T. H. Morer, de la Iglesia de Inglaterra, Dialogues on the Lord’s Day (Londres, 1701).
 Siglo III: “En torno del año 225 d.C. había varias diócesis o asociaciones de la Iglesia Oriental que guardaban el sábado desde Palestina hasta la India” (Mingana, Kearly Spread of Christianity).
 Siglo IV: Persia, 335-375 d.C.: “Ellos (los cristianos) desprecian a nuestro dios Sol. Zoroastro, el venerable fundador de nuestras creencias divinas, ¿no instituyó, acaso, el domingo hace mil años cancelando así el sábado del Antiguo Testamento? Los cristianos, a pesar de eso, llevan a cabo sus ceremonias religiosas en sábado” (O’Leary, The Syriac Church and Fathers [La Iglesia y los padres siríacos]).
 Siglo V: “En el año 411 [Mingana, líder de las iglesias de Oriente] eligió a un metropolitano para China. Esas iglesias guardaban el séptimo día”. (J. F. Coltheart, The Sabbath Through the Centurias, p.11).
 Siglo VI: “En este último ejemplo, ellas (las iglesias de Escocia) parece que han seguido una costumbre acerca de la cual encontramos algunos vestigios en la primitiva iglesia monacal de Irlanda, o sea, afirmaban que el sábado era el séptimo día, en el cual descansaban de todas sus actividades”. (W. T. Skene, Adamnan’s Life of St. Columba [La biografía escrita por Adamnan acerca de San Columbano], 1874, p.96).
 Siglo VII: “Parece que en las primitivas iglesias celtas era costumbre guardar el sábado… como día de descanso, tanto en Irlanda como en Escocia. Obedecían literalmente el cuarto mandamiento en el séptimo día de la semana” (J. C. Moffat, The Church in Scotland).
 Siglo VIII: “Abarcante y persistente fue la observancia del sábado entre los creyentes de la Iglesia Oriental y de los cristianos de Santo Tomás de la India, que nunca estuvieron ligados a Roma. La misma costumbre mantuvieron las congregaciones que se separaron de Roma después del Concilio de Calcedonia (451 d.C.), como por ejemplo los abisinios (etíopes), jacobitas, maronitas y armenios” (The New Schaff-Herzog Enciclopedia of Religious Knowledge, artículo Los Nestorianos).
 Siglo IX: “El papa Nicolás I (800-867 d.C.), en el siglo IX, le envió al príncipe gobernante de Bulgaria un extenso documento diciendo que se debía dejar de trabajar en domingo, pero no en sábado. El líder de la Iglesia Griega, ofendido por la interferencia del Papa, lo excomulgó”. (B. G. Wilkinson, doctor en Filosofía, The Truth Triumphant).
 Siglo X: “Los seguidores de Néstor (los nestorianos) no comen carne de cerdo y guardan el sábado. No creen en la confesión auricular ni en el purgatorio”. (The New Schaff-Herzog Enciclopedia of Religious Knowledge, artículo Los Nestorianos).
 Siglo XI: Acerca del cisma de Oriente, es decir, la separación de la Iglesia griega de la latina, en 1054, se dice lo siguiente: “La observancia del sábado es, como todo el mundo lo sabe, motivo de acerbas disputas entre los adeptos de la iglesia griega y los de la latina” (J. M. Neale, A History of the Holy Eastern Church).
 Siglo XII: Acerca de los valdenses se dijo en 1120: “La observancia del sábado es (para ellos)… una fuente de alegría” (Blair, History of the Waldenses, t.1, p.220).
 Siglo XIII: “Contra los observadores del sábado, el Concilio de Tolouse, celebrado en 1229, dice lo siguiente en su Canon 3: Los señores de los diversos distritos deben buscar diligentemente en las aldeas, casas y montes para destruir los lugares que les sirven de refugio. Canon 4: A los laicos les está prohibido adquirir los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento”. (Hefele).
 Siglo XIV: “En 1310, doscientos años antes de las tesis de Lucero, los hermanos bohemios constituían la cuarta parte de la población de Bohemia, y estaban en contacto con los valdenses, que había en gran número en Austria, Lombardía, Bohemia, el norte de Alemania, Turingia, Brandenburgo y Moravia. Erasmo afirmaba que los valdenses de Bohemia guardaban estrictamente el séptimo día [el sábado]” (Robert Cox, The Literatura of the Sabbath Question, t.2, pp. 201, 202).
 Siglo XV: En un Concilio Católico realizado en Bergen, Noruega, en 1435, se declaró lo siguiente: “Estamos conscientes de que algunas personas en diferentes partes de nuestro reino adoptan el sábado y lo observan. A todos se les prohíbe terminantemente –como canon de la Santa Iglesia- observar días santos excepto los que ordenen el Papa, los arzobispos y los obispos. No se debe permitir de ahora en adelante la observancia del sábado en ninguna circunstancia, más allá de lo que ordena el Canon de la Iglesia. Por eso, aconsejamos a todos los amigos de Dios en Noruega que deseen ser obedientes a la Santa Iglesia, a dejar de lado la observancia del sábado; y a los demás les prohibimos, so pena de severo castigo por parte de la Iglesia, que guarden el sábado como día santo”. (Dip. Norwegen, t.7, p.397).
 Siglo XVI: “Francisco Javier, famoso jesuita, enviado por la inquisición que se preparó para Goa, India, en 1560, con el fin de verificar la maldad judía, es decir, la observancia del sábado” (Adeney, The Greek and Eastern Churches, pp. 527, 528).
 Siglo XVII: “Cerca de 100 iglesias guardadoras del sábado, la mayor parte independientes, prosperaron en Inglaterra durante los siglos XVII y XVIII”. (Dr. Brian W. Ball, The Seventh-day Men, Sabbatarians and Sabbatarianism in England and Wales. 1600-1800. Clarendon Press, Oxford University, 1894). 
 Siglo XVIII: Alemania: “Tennhardt de Nuremberg adhiere firmemente a la doctrina del sábado, porque se trata de uno de los diez mandamientos” (J. A. Bengel, Leben und Wirken [Vida y obras], p.579).
 Siglo XIX: China: “Cuando se interrogaba a los taiping acerca de la observancia del sábado, respondían que en primer lugar lo guardaban porque la Biblia lo enseña y, en segundo, porque sus antepasados guardaban ese día de culto” (A Critical History of Sabbath and Sunday).
 Siglo XX: “Hoy hay más de diez millones de observadores del sábado en el mundo, diseminados en más de 25 organizaciones religiosas distintas y centenares de congregaciones independientes”. (Extractado de la revista Momentos de Paz, Un Día sin Stress. 2° edición, 1ra. Reimpresión. Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 2002).

 Finalmente, debiéramos considerar las palabras del profeta Isaías respecto del día de reposo que guardarán en la tierra futura aquellos seres humanos que hayan recuperado la inmortalidad perdida al inicio de los tiempos: “’Porque como los cielos nuevos y la tierra nueva que yo hago permanecerán delante de mí’ dice Jehová, ‘así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre. Y de mes en mes, y de sábado en sábado, vendrán todos a adorar delante de mí’ dice Jehová.” (Isaías 66:22-23).

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OBSERVACIÓN: Esta serie de artículos están basados o forman parte del libro escrito recientemente por el autor, denominado “Fenómalos – La Quinta Esencia”, publicado por Editorial Trafford (ISBN 1-4251-1232-3, por Trafford Publishing, Canada). Las imágenes y videos han sido tomadas directamente de la web, y sólo para efectos de ilustración del texto. De haber alguna de ellos con derechos de autor agradeceré comunicármelo para retirarlas de esta entrada.

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